
Hace mucho tiempo, en las épocas en las que vivíamos en las esquinas tomando cervezas entre amigos, recuerdo un hecho muy particular, uno de los tantos pilares que reconozco que me terminó abriendo el pensamiento para poder ver distintos puntos de una misma historia, y poder contraponer esos puntos como para llegar a una conclusión (al menos a nivel personal).
Estábamos como había dicho antes, sentados en una esquina tomando unas cervezas mientras hablábamos. Sobre el qué, no lo recuerdo; podría haber sido sobre bandas que tocaban ese fin de semana, pudo haber sido sobre fútbol, tal vez tanteando opiniones sobre futuras conquistas sobre el sexo opuesto. No, de política no hablábamos casi nada, ¡dichosos de nosotros! En esa ocasión, faltaba uno de los habituales del grupo, que llegó de un viaje al centro y acababa de unirse a la ronda. Enseguida notamos que algo raro le pasaba: nos lo indicaban sus ojos abiertos poco habituales y el golpeteo de sus dedos contra los dientes incisivos, muestra conocida de nerviosismo o de "cuidado, muchacho pensando". Al consultarlo sobre lo que sucedía, relató:











