Los padres y la falta de sensibilidad por miedos

Esto es algo de lo que no sé si soy el único que tiene dificultades o si es algo más generalizado, no sólo en Argentina sino también a nivel mundial. Como soy bastante poco común (aunque no por ello anormal, no confundir los términos), tiendo a pensar que algunas cosas me pasan o se me ocurren a mí solo. Aunque tal vez no sea así.

Durante los 6 primeros meses de vida de mi hija, solía verificar mientras dormía si aún seguía con vida. Es que al estudiar todo lo que podía sucederle, principalmente el “síndrome de la muerte súbita“, daba la sensación de que era más fácil morir que continuar con vida. Aunque la muerte súbita suele atacar a 1 de cada 1000 chicos, si sumamos todo el resto de lo que puede ocurrir, terminamos con porcentajes muy comprometidos que nos hacen temer lo peor.

Hablando con otros padres, me sentí bastante aliviado al saber que la gran mayoría sentía el mismo miedo y que solía chequear que su hijo siguiera respirando, aunque eso a veces significara despertarlo. Al parecer, ese miedo es bastante común.

Ahora bien, es normal tanto miedo? Desde el punto de vista “técnico”, ese miedo es infundado. Si bien hay cientos de cosas que pueden pasarles a nuestros bebés (desde el amplio rango de enfermedades y síndromes raros, accidentes en la calle o caseros, etc), los porcentajes son (estadísticamente hablando) muy chicos. En el caso de la muerte súbita, estamos hablando del uno por mil (un chico morirá entre mil), es una cifra bastante pequeña desde el mundo matemático.

El tema es que nosotros somos padres, no estadísticos o matemáticos (a menos que se sea ambas cosas, y supongo que en ese caso primará la paternidad antes que el aspecto profesional). Si hablamos de 1 chico cada 1000, ese chico “puede” ser el nuestro. Y pongo “puede” entre comillas porque cuando lo imaginamos casi se convierte en un “será” y terminamos pidiendo por favor que no nos pase a nosotros. Ahí perdemos la bendición de ser padres por una “posible” maldición de que nuestro hijo nos sea quitado.

Yo soy una persona poco demostrativa. Siempre lo fui y estimo que seguiré siéndolo con la mayoría de la gente. Pese a ésto, al momento de conocer a mi hija en su vida fuera del útero, colocada en una incubadora temporaria, rompí en llanto con facilidad contra todos los pronósticos. Posteriormente seguiría haciéndolo seguido y supongo que también seguiré haciéndolo.

En mi caso particular, al saber que el juego de las estadísticas “podría” quitarme a mi hija “de un momento a otro”, terminó desensibilizándome de una manera abrupta y extraña. La sola posibilidad de que puediese pasarle algo malo hizo que fabricara algún tipo de coraza para permitirme sobrevivir para cuándo ocurriese. Al tratarse de un “ser nuevo” que uno aún no conoce, intenta no conocerla para sufrir menos si el destino quisiera quitarla de éste mundo.

Eso chocaba particularmente con lo que sabía debía hacer como padre. Entonces terminaron chocando el miedo y el rol para dar a luz una metamorfosis que no era ni una cosa ni la otra. Disfrutaba los momentos con mi hija pero con un dejo de tristeza; cuando sentía que estaba queriéndola demasiado, intentaba alejarme; cuando llegaba el fin del día, era más una “última despedida” que un “hasta luego”; cuando dormía no sabía si ir verificar que siguiese viva o tener la certeza de que no lo estaba.

Este sentimiento metamorfoseado era el que dominaba la mayor parte de mi vida. Hasta que ya no soporté más el hecho de estar y no estar, de quererla y no quererla e intenté razonar un poco. Manteniendo esa postura, haría que realmente sufriera menos si moría? Definitivamente no. Lo más probable era que, encima, terminara con más pena por no poder disfrutarla al máximo o darle la mayor cantidad de cariño posible. Mi postura tampoco modificaría la estadística, al menos no para bien. Tampoco podría comprender el rol de padre hasta que no lo tomase realmente y lo cumpliera como es debido.

Ese fue el momento en que, sin perder el miedo, lo racionalicé eliminando el “sentimiento metamorfoseado” para quererla como hija, sin importar lo que deparase el futuro. Eso no impidió que de vez en cuándo siguiera verificando si respiraba mientras dormía (y que siga haciéndolo), pero el sentimiento es completamente distinto. Ese fue también el día en el que mi hija comenzó a acercarse más a mí. Y no creo que haya sido casual.

Otro de los miedos irracionales que me afectaron (de hecho sigue haciéndolo, pero en mucho menor medida) es el que reflejan los medios de comunicación. A diario vemos chicos maltratados, abusados y demás barbaridades y muchas veces siento que pueda ser visto a través del vidrio de la sociedad como uno de ellos.

El hecho de acercarme mucho, acariciarla y mimarla, a veces me hace parecer que puedo ser visto para un extraño como el comportamiento que “tendría”, por ejemplo, un abusador de menores. Si le pego en la mano ante la gente cuando hace algo malo (por ejemplo), “sería” peor en privado y “sería” el comportamiento que tendría uno que maltrata a sus chicos. Nuevamente encomillo “tendría” y “sería” porque a veces me parece una certeza. Otra vez, el primer método de defensa, es alejarse. No puedo ser tildado de delincuente si no la toco, no la acaricio, no la beso o no le pego.

Pero como en el caso anterior del miedo a la muerte, tampoco “podría” ser un padre. Entonces, razonando otra vez, termino viendo que si bien nos encontramos a diario con noticias de padres que hacen cosas indebidas con los hijos, no por eso dejamos de ser padres y nos convertimos en delincuentes. Además, las estadísticas aquí no sirven de mucho: si sabemos que el 1% (por ejemplo) de los padres son malvados, no por eso nosotros dejaremos de ser buenos. No es una enfermedad, es una forma de vida cuya elección se tomó mucho tiempo antes del abuso o del cariño real. Entonces, termina siendo bastante irracional el pensar de esa forma. Aunque el miedo quedará (minimizado) porque nunca sabemos lo que pensará la sociedad, pese a nosotros saber muy bien lo que hacemos y somos.

Estos miedos se suman a muchos otros y terminan haciendo volúmenes y tomos que serían imposibles de procesar si los tomásemos a todos. Muerte súbita, ser tildado como abusador, dejar a un hijo con un abusador, tener un accidente en la calle o en la casa, ser maltratado por otros chicos. Demasiado.

El “hoy” mío con mi hija es espectacular. La mimo, juego, le doy de comer, la reto, le pego en la mano, pero todo sin miedos. Sin temer lo que pase mañana, sin temer lo que piensen los otros. Sé que es lo mejor que puedo hacer como padre y se siente muy bien; no sólo por el hecho de saber que uno está haciendo su mejor esfuerzo, sino que también se disfruta sin reprocharse nada. Y eso es algo que se ve retribuído desde el lado de nuestros hijos: con avances, con seguridad y con amor. Qué más se puede pedir?

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Tratando de entender el mundo sin morir en el intento...
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7 respuestas a Los padres y la falta de sensibilidad por miedos

  1. Pingback: Los padres y la desensibilización por los miedos

  2. teresa dijo:

    Totalmente identificada contigo. Tengo dos niños y desde que nacieron, un pánico indescriptible, un miedo que a veces no me deja dormir. Ante cualquier viaje temo un accidente de tráfico. Unas décimas de fiebre me hacen pensar en meningitis y otras terribles enfermedades. Y a veces el miedo me aleja de ellos. Porque además, hay que regañar, imponer disciplina, normas y límites. Y no puedes hacerlo con autoridad si piensas que puede que mañana no despierten contigo por algún motivo. Así que te agradezco tu artículo. Ya no estoy sola. Si la vida, esa enfermedad mortal, les abandona antes que a mí, debería tener el consuelo de:
    -haberlos disfrutado
    – que ellos no tendrán que sufrir lo que yo
    – y que ya nada peor podrá pasarme y será difícil que nada me dé miedo.
    Un abrazo.

  3. Hola Teresa: muchas gracias por el comentario y me alegra saber que te ha ayudado este artículo. Los miedos está bien tenerlos, pero hay que parar y “recalcular posiciones” en cuánto se convierten en obsesión y cortan la libertad de nuestro hijo (o la propia). De hecho, luego de éste post, sigo tenendo los mismos miedos (hace unos minutos regresé de ver a mi hija si estaba bien durmiendo), pero en una amplitud mucho más baja, más racional.

    En cuanto cumplimos correctamente con nuestro rol de padres con sus correspondientes “retos y amores”, no debemos temer lo que pase. Habremos hecho lo mejor que nos fue posible.

    Mucha suerte!

  4. Carola dijo:

    Bueno q alivio leerlos PLE yTeresa. Yo tb soy del mismo club. Mi bebe tiene 3 meses y cuando duerme lo llego a zamarrear para dspertarlo si es q ‘no lo siento’respirar asi como volverme loca de pensar en las mil cosas malas k pueden pasarle y. Nunca en las mil cosas buenas. Cuando ha estado enfermo imagino lo peor y leo x internet informacion al primer signo anormal y paso noches sin dormir pensando en las terribles enf Q podria contraer. Asi fue como Me gane una gastritis aguda. X culpa del maldito miedo.he aprendido a disfrutarlo ms lo k no kita k aun tenga miedo. Salu2

    • Carola: Me alegro que también te haya servido y que no seamos los únicos. No recuerdo en dónde había leído que los verdaderos padres son los que preocupan e interesan, menos mal que no somos pocos!

      Con respecto a los miedos, en realidad nunca los pierdes. Mi hija ya pasó el año y medio y sigo temiendo cosas, aunque ya no con tanta intensidad como antes (ni hablar con respecto a los primeros meses). Es algo gradual que se va dando y uno va aceptando los miedos como posibilidades cada vez más lejanas conforme pasa el tiempo.

      Lo importante es quererlos siempre y “estar”. En caso de que algo realmente malo pase, por lo menos sabremos que pudimos disfrutarlos y que ellos recibieron todo lo posible de nosotros. Si hacemos al revés, si nos alejamos, nos desconectamos y pasa algo malo, nos sentiremos muchísimo peor junto a hacer sentir mal a nuestros hijos. Hay que disfrutar siempre el tiempo juntos; cuando estemos con ellos, hay que olvidar un poco el mañana y las lejanas posibilidades.

      Saludos y suerte!

  5. Sergio dijo:

    Soy padre de 2 bebes niño y niña, cimplieron un año hace poco y al igual que ustedes he estado en la misma situcación, viviendo con el miedo, aumentando que ellos nacieron despues de 16 años de matrimonio con ayuda especilaizada, por fin logramos la dicha de ser padres y hasta ahora a sido una maravillosa bendición. Por culpa de estos miedos he tenido inconvenientes con familiares que piensan que exajero las cosas.

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